| La resurrección de Jesús |
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Nueva entrega de material para la oración personal en esta Semana 4ª de Cuaresma.
IV. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS
0. Introducción
Cada mañana, cada domingo, glorificamos al Señor resucitado. Jesús vive y está entre nosotros. En lo profundo de nuestra vida anhelamos la vida auténtica, al Dios viviente. Jesús vive y nos encontramos con Él, con una persona real, viviente. En Dios hay una fuerza de vida, porque Él vive y nos hace vivir. Ante la muerte de Jesús los discípulos experimentaron un fracaso. Y quizás más, una aparente traición, pues no se cumplió lo que esperaban de Jesús. El cardenal Martini hace una interpretación muy sugerente de las negaciones de Pedro: no es que le negara, sino que de verdad no reconocía en ese Jesús arrestado y condenado al Jesús que él se había imaginado. Esperaba un reino y poder; pero veía fracaso y rechazo del pueblo elegido. No era el Jesús que Pedro quería ni la imagen que se había creado del Mesías. La muerte de Jesús fue para los discípulos una gran ruptura: con Jesús (huyen), con los demás discípulos (se dispersan), con los judíos (tienen miedo), consigo mismos (incomprensión, tristeza), con Dios (“esperábamos..., pero no ha sido así”; vuelven a sus trabajos, a sus vidas). Y nosotros quizás hemos experimentado algo de eso en la relación con Jesús: ausencia, miedo, dispersión, incomprensión, infidelidad... Pero acontece algo que rompe la dinámica de pecado y de muerte. ¡Ha resucitado! No ha desaparecido, está presente; no está muerto, ¡vive! No estamos abandonados, Jesús resucitado nos sale al encuentro. Nos relacionamos con Él.
1. Un encuentro al amanecer: Jn 21, 1-14
Jesús se aparece a siete discípulos. Como se sabe, el número siete es símbolo de plenitud. Además en los textos joánicos tiene una resonancia eucarística. Estos siete discípulos están celebrando la Eucaristía: está Jesús, le habla, les ofrece pan y pescado. Ellos se fueron a pescar: a trabajar, a vivir, a hacer la misión. Y regresan vacíos. “Al alba” se presentó Jesús. No lo reconocieron, como aquellos dos que iban a Emaús (Lc 24,13-16). Pero con Él, siguiendo su palabra, tuvieron fecundidad: su vida, su trabajo dio fruto; se llenaron de alegría, de libertad, de ilusión, de buenas obras. Y, entonces, un jovencito, que había sentido con fuerza el amor de Jesús, lo reconoce. El amor sentido y dado ofrece un conocimiento muy profundo. “¡Es el Señor!” Jesús está con ellos, les da vida y les da de comer. Jesús les sirve el pan y el pescado, que son símbolos eucarísticos. Esta escena, por tanto, recuerda el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Jesús se hace presente, nos encontramos con Él, reunidos en fraternidad, en la colina de la montaña o en la orilla del lago. Nos sirve, nos alimenta, calladamente lo reconocemos, con emoción, a veces entre dos luces (al alba), porque no vemos claro, no percibimos con total transparencia. Sin embargo, es Él, que resucitado llega a nuestra vida, está a la orilla, esperándonos, dándonos su palabra y sentándonos a su mesa de vida, amistad y fraternidad.
2. El Resucitado
a. ¡Está vivo! La resurrección de Jesús es una buena noticia, no de conocimiento y reflexión, sino existencial, de vida. En cierto sentido es “pasional”, desborda nuestro saber, nuestros sentimientos, nuestra esperanza. Buscamos a Jesús; Jesús resucitado es más que lo que buscamos. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad lo que os dijo cuando estaba en Galilea” (Lc 24,5b-6). Jesús está vivo. Ha vencido a la muerte y al pecado. Hay en Él algo nuevo, que nos desborda y nos invita a lo nuevo y sorprendente, a cambiar de actitud y buscar en otro sitio. El ángel se lo dice a las mujeres: a Jesús ya no se le busca en el sepulcro, pues no está allí. Para verlo hay que ir a Galilea. El Resucitado no es el final feliz de una historia. Es la persona real y viviente de Jesús, con el que nos encontramos y vivimos. En Él se inicia una nueva vida. En Él tenemos un camino abierto: la relación siempre nueva y siempre sorprendente con Alguien vivo. Sin esta relación directa (ciertamente, a veces en la oscuridad, en la desesperanza, en la poca fe) no hay cristiano. A lo más, seremos personas religiosas, que buscan una vida moralmente buena, hasta heroica. Ser cristiano es encontrarse con Jesucristo, que vive resucitado. b. Jesús es el Señor Muchas veces en la oración confesamos a Jesús, “que vive y reina por los siglos”. Jesús vive y Jesús es el Señor, el único Señor. “Yo, Juan, vuestro hermano y compañero de la tribulación, del reino y de la paciencia, en Jesús. Yo me encontraba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Caí en éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta, que decía: “Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea”. Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un cinturón de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos, como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; sus pies parecían de metal precioso acrisolado en el horno; su voz como voz de grandes aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro como el sol cuando brilla con su fuerza. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Él puso su mano derecha sobre mí diciendo: “No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades. Escribe, pues, lo que has visto: lo que ya es y lo que va a suceder más tarde. La explicación del misterio de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha y de los siete candeleros de oro es ésta: los siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros son las siete iglesias” (Ap 1,9-20). El texto nos describe a un hombre lleno de la vida de Dios, hombre-Dios. Jesús es el que vive, el que tiene la gloria y el poder de Dios. Los signos del Resucitado son: vestido blanco, cinturón de oro, cabello blanco, ojos como llamas de fuego, pies de bronce, voz potente (vv. 14-15). Es una visión que recuerda la experiencia de la transfiguración de Jesús (cf. Mt 17,1-9). Su palabra es cortante, su rostro fuerte (v. 16). Ante Él caemos en adoración. Con su fuerza (mano derecha) nos da confianza y fortaleza. Este Jesús real es el sentido de la historia, del mundo y de nuestras vidas. Su palabra es iluminadora y orientadora. En Él encuentran fundamento y sentido nuestras existencias. Es el centro de la realidad, de nuestra vida y de nuestra relación con Dios. Su presencia nos desborda, nos sobrecoge, nos envuelve. En esta visión del Apocalipsis Jesús no está en un lugar especial, apartado. Está entre las iglesias y entre los ángeles (mensajeros). Jesús es Señor en su Iglesia, en nuestro mundo, en nuestras vidas. Por tanto, confesar a Jesús como el Señor es dejar que su señorío llegue a nuestras vidas, a lo más profundo de nosotros, a toda nuestra realidad, hasta los rincones más secretos, que reservamos únicamente para nosotros mismos. c. Libre y alegre Jesús resucitado está lleno de libertad y de alegría. Transpira gozo y libertad. Según la presentación poética de José María Valverde, Jesús se despide así de sus discípulos: “Allí les legaré mi testamento: mi palabra en sus manos, que la esparzan, el abrazo final, sin hablar casi: no les deslumbre y mate mi secreto, mis alas y mi risa de inmortal”. Así pues, el secreto de Jesús resucitado es su alegría (risa) y su libertad (alas). Jesús es libre porque ha vencido las ataduras de la muerte, de la injusticia, del pecado, de la limitación y de la debilidad. Vive la fuerza de la libertad. Creer en Jesús resucitado es vivir y anhelar la libertad, que es liberación de lo que nos oprime y ata, y es entrega en servicio y amor. Jesús es libre como fuente de vida y fuerza de amor para compartir su existencia con los demás. Jesús resucitado es alegre. Vive la fuerza inmensa de la alegría. Es el gozo de la vida verdadera, de la vida profunda e íntima de Dios, de su presencia que da plenitud y felicidad. Desde el siglo III los cristianos hemos cantado: “¡Santo y feliz Jesucristo!” Jesús es el Santo de Dios y el Hombre feliz. d. Se manifiesta Jesús resucitado “se deja ver”, se aparece a sus discípulos. Las apariciones del Resucitado son encuentros personales con Él, que viene a la historia y a la vida de sus discípulos. Si Él no se apareciese, no podríamos encontrarlo. Los discípulos ven a Jesús, lo oyen, comen con Él. Entre la duda, la admiración y el gozo que los deja mudos, reconocen al Señor Jesús con el que convivieron, al que escucharon, al que abandonaron. Ahora se encuentran con Jesús en su profunda verdad y en su vida definitiva. Conocen de verdad a la persona de Jesús. e. La fuerza de su resurrección (Flp 3, 10) Jesús no es alguien lejano a quien meramente contemplamos o esperamos. Es presencia fuerte, que nos dinamiza, nos mueve, nos empuja. La resurrección, Jesús resucitado, es una fuerza de vida, una “dynamis”. Por eso, el Resucitado nos pone en marcha en nuestra fe, en el compromiso en la Iglesia, en el amor a los demás, en la misión de compartir y comunicar el Evangelio. Jesús resucitado actúa en medio de la Iglesia y en nuestras vidas. Está por dentro, dando vida y vitalidad. Por Él vivimos y en Él vivimos. Es una persona en la que estamos y vivimos. San Pablo repite contantemente la expresión “en Cristo”. No se trata solamente de admirar o reconocer a Jesús, ante el que estamos, sino de vivir en Él como Él vive en nosotros. Jesús resucitado es nuestra fuerza, nuestro motor vital.
3. Una experiencia de vida
a. Encuentro con los discípulos Como ya se ha dicho, ser cristiano es encontrarse con Jesús resucitado. Él se presenta en medio de nuestra vida ofreciéndonos paz. Su presencia nos inyecta confianza, nos quita el miedo, nos llena de alegría (Jn 20, 19-20). Nosotros querríamos tocarlo, agarrarlo, que no se nos escape. Pero Jesús es libre, no lo podemos atrapar ni dominar (nos lo muestran las experiencias de María Magdalena y de los discípulos de Emaús), aunque en algunas ocasiones nos regala poder tocarle por un momento (como a Tomás). Creer en el Resucitado es acoger su presencia libre. Él es el Señor. b. Llamada de Jesús - amor a Jesús: María Magdalena (Jn 20, 10-18) El encuentro con Jesús tienen una provocación exterior y una fuerza interior. En primera instancia, lo reconocemos porque nos llama por nuestro nombre (Jn 20,16). El amor personal de Jesús a cada uno de nosotros provoca nuestra fe, nos lleva a descubrirle. Y en respuesta a esa llamada, nuestro amor apasionado a Jesús nos mueve a buscarlo y desear con todas nuestras fuerzas encontrarnos con Él. María Magdalena nos muestra que creer en Jesús resucitado es amarle con un amor de enamoramiento. No podemos vivir sin Él y ante Él estamos como extasiados. Queremos abrazarle (v. 17), sentirlo siempre con nosotros, porque lo amamos con locura. Sin embargo, no decidimos nosotros, sino Él. Nuestro amor es hacer lo que nos diga: “Vete y diles a mis hermanos” (v. 17). Y lo que dice es: “He visto al Señor” (v. 18). Lo que llena a María es haberse encontrado con Jesús. Hay que ver a Jesús para descubrirle y lanzarse a la aventura y la gracia del encuentro y la fe. ¿Podemos decir como María: “¡He visto al Señor!”, me he encontrado con Jesús? c. Jesús, nuestro hermano Acabamos de escuchar: “Vete y diles a mis hermanos” (Jn 20,17). Y la carta a los Hebreos nos dice: “Tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos, para ser ante Dios sumo sacerdote misericordioso y fiel” (Heb 2,17). Jesús es nuestro hermano. Ha compartido nuestra vida y nosotros compartimos su vida. Estamos unidos en la vida, teniendo a Dios como Padre, la fraternidad como comunión y el hogar en Dios como nuestro destino. El destino de Jesús (su resurrección) es nuestro destino. Estamos unidos a Él en la fraternidad. Jesús resucitado no es extraño, sino Hermano, Compañero en la vida. Podemos decirle admirados con Lope de Vega: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?” Y hay algo más profundo: estamos ya unidos, porque somos hermanos, somos de su familia. d. Renovación de la fe y de la comunidad La muerte de Jesús desanimó a los discípulos, que cayeron en la desilusión y el miedo, y rompió a la comunidad, que se dispersó. Jesús resucitado renueva la fe de los discípulos y recrea la nueva comunidad de seguidores y testigos del Resucitado. ¡Cuántas veces nos hemos desanimado, hemos perdido la ilusión por seguir a Jesús, nos hemos desesperado en la vida de la Iglesia! Las dificultades para vivir la fe en nuestro mundo, las debilidades de las comunidades cristianas (que a veces parece que retroceden y no avanzan), el silencio de Dios al que, en ocasiones, no escuchamos ni sentimos, la deseperación ante las preocupaciones de la vida... nos hacen sentir la experiencia de fracaso que vivieron los discípulos. Jesús resucitado renueva nuestra fe y alienta nuestra esperanza. Encontrarnos con Él implica renovar nuestra fe, nuestra relación con Él, que nos infunde ánimo, esperanza, fuerza para la vida cotidiana. Nos recompone como cristianos. Y es el Señor resucitado quien renueva y alienta a su Iglesia. Nos lleva a la comunidad, a sentirnos hermanos, a caminar juntos, a vivir en comunión. Él es el quicio de la Iglesia. Al encontrarnos con Él, nos hacemos más Iglesia, más comunidad. e. Compartir su resurrección (Rom 6, 1-11) San Pablo nos invita a vivir para Dios. Por el bautismo hemos sido injertados en Cristo: compartimos su muerte (hemos muerto al pecado) y su resurrección (estamos vivos para Dios) (Rom 6,5). A través del bautismo participamos en la vida de Jesús, en su resurrección. Tenemos así la fuerza de la resurrección para vivir en la vida de Dios. Estamos implantados en la resurrección de Jesús, en su fuerza de vida. Hemos sido arrancados del pecado, de las tinieblas, y puestos en el reino de la vida de Dios (cf. Col 1,13-14). Estamos en la vida de Jesús, compartiendo su resurrección. Ser cristiano, pues, es desarrollar nuestra vida de bautizados. f. Enviados En los encuentros con Jesús resucitado los discípulos son enviados. “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo” (Jn 20,21). “Vete y diles” (Jn 20,17) “Id y haced discípulos” (Mt 28,19) El que se ha encontrado con Jesús resucitado es un testigo (cf. Lc 24,48; Hch 1,8), y como tal es enviado a anunciar lo que ha vivido: el encuentro personal con Jesús y su Evangelio. La experiencia de la resurrección nos pone en marcha, provoca su difusión. Uno no puede vivir esa experiencia y guardarla para sí; tiene que compartirla y comunicarla. El creyente es un testigo. Una fe que no se hace testimonio no es del todo madura.
* Materiales para la oración
Lee Jn 21, 1-14. Contempla lo que hacen los discípulos. Ven a Jesús y no lo reconocen. El amor da conocimiento (v. 7). ¿Has reconocido a Jesús, el Señor? ¿Cuando participas en la Eucaristía sientes que el Señor está vivo y presente, nos sirve su Palabra y su Cuerpo? Dile al Señor los momentos de alegría que has tenido. ¿En qué aspectos necesitas crecer en libertad (trabajo, familia, visión de ti mismo y de los demás, compromiso, sexualidad, relación con los amigos, presencia en la comunidad cristiana, testimonio de fe,...)? ¿Qué signos de vida ves en el mundo? ¿Sientes la fuerza de la presencia viva de Jesús? ¿En qué momentos y a través de qué personas? ¿Dónde tienes que hacerte testigo de Jesús (ambientes, personas...)? Haz el camino con los discípulos de Emaús: Lc 24, 13-35.
Palabra de Dios Jn 20, 10-18: Jesús vivo y María Magdalena v. 11: María se quedó allí. Siente dolor por la ausencia de Jesús. v. 12: hay signos que nos llevan hacia Jesús. ¿Quién me guía a mí a reconocer a Jesús resucitado? Necesitamos ver (v. 14) y oír una palabra de amor (v. 16). Hay sintonía entre Jesús y María. Sólo se llaman (v. 16). ¿Tienes con Jesús la sintonía que da el amor? v. 17: no podemos retener, atrapar, dominar a Jesús. La forma de amarle es salir a decir su Palabra. Es lo que encarga a María. v. 18: María es misionera. “¡He visto al Señor!” Comunica lo que ha visto con pasión, porque ama mucho al que vio. Rom 6, 1-11: la nueva vida en Jesús v. 3: estamos vinculados a Cristo y hemos muerto al pecado (v. 2). v. 4: fíjate en el poder de vida que tiene Dios Padre. ¿Qué hay de novedad en tu vida? ¿En qué ha cambiado tu vida por Jesús? v. 5: por el bautismo compartimos la resurrección de Jesús, estamos unidos a su vida. Su vida está en nosotros (cf. Gal 2, 19-20). v. 6: el pecado ha sido vencido en la cruz de Jesús. ¿Has experimentado que algo de ti ha muerto con Cristo (por tu entrega, porque ha cambiado tu vida, porque has superado alguna debilidad o dificultad, porque has vencido un pecado...)? v. 9: Cristo resucitado es vencedor y eterno. Está lleno de la vida de Dios. Vive para Él (v. 10).
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